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Los «incidientes» de Bike

(Foto de Sappymoosetree)

Hablábamos de cosas desagradables como ortodoncias, empastes, caries y gingivitis cuando Arturo se acordó del diente de «Bike».

A «Bike» no le gustaba su nombre, Vicente Pérez, y por eso se autodenominaba «Bike». Durante la universidad tuvo un accidente y se le cayó uno de los dientes caninos, pero en lugar de ir al dentista a arreglarlo, él mismo se lo acomodó como pudo. El diente quedó bailando, sometido a los vaivenes de la vida.

Una vez, cuenta Arturo, Bike y sus amigos estaban desternillándose de risa. Y tanto se carcajeaban, que  el endeble canino de Bike se zafó y salió volando. El colmillo describió una parábola, rebotó en el suelo y, con gran destreza, Bike lo cazó al vuelo, lo reinsertó en su hueco sin inmutarse y siguió riendo.

En otra ocasión, durante una comida multitudinaria, Bike sufrió otro «incidiente». Su canino flojo volvió a abandonar la mandíbula para caer esta vez sobre una mullida cama de arroz. Ninguno de los comensales se dio cuenta, así que Bike, nuevamente con gran pericia y armado con un cucharón, se abalanzó antes que nadie sobre la fuente para rescatar su diente, mimetizado entre los granos de arroz. Una vez en su plato, se llevó a la boca un montículo de arroz sobre el que se arrellanaba el diente y en un par de movimientos de lengua se lo volvió a acomodar en su sitio.

Pero el colmo del colmillo fue cuando Bike, en un despiste monumental, se tragó su propio diente. Sin desesperarse, pacientemente, aguardó a que el susodicho fuera expulsado gloriosamente por el esfínter. Lo sacó de entre los excrementos como si fuera una pepita entre arenas auríferas, lo lavó y, muy ufano, lo colocó en su sitio.

¿Y cuál es la moraleja de la historia? Pues que cuando se tiene un canino flojo, hay que estar muy pendiente.

El truco del dentista

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Catita llevaba varios días hablando del dentista. Hoy me tocó llevarla. Esta mañana fue que ella misma quien me recordó la cita con un alto grado de excitación, algo que me dejó estupefacto.

Mis recuerdos de infancia del dentista son borrosos cuando menos; terroríficos si fisgo un poco más en la memoria. ¿Por qué Catita estaba tan contenta de ir al dentista? Elucubraba yo sobre esto en el camino hacia la consulta, a la que, por cierto, era la primera vez que iba. En el último cruce antes de llegar, Catita gritó:

– Papi, ahí está. Es ese edificio de ventanas verdes. Vamos. ¿Sabes cómo llegar?

Yo seguía sin entender tanta emoción.

Aparcamos el coche, entramos en el edificio y avanzamos por el laberinto de pasillos hasta llegar a la consulta. Después de registrarla, esperamos un rato, hasta que la llamaron y se la llevaron. Media hora después se asomó la dentista para avisarme.

– Ya hemos terminado. Puede venir.

Cuando entré en la sala, Catita estaba todavía tumbada en la silla, mirando fijamente hacia el techo. Me sorprendió su docilidad. Entonces levanté la mirada hacia el techo y entendí por qué Catita iba tan contenta al dentista.

Loctite para los dientes

FOTO DE ANDRE.GOVIA
FOTO DE ANDRE.GOVIA

Entré en la consulta del dentista con el pavor apretando por dentro. No fui capaz ni de sentarme en las cómodas butacas de la sala de espera, aterrorizado por el zafarrancho que se avecinaba. Preferí quedarme de pie y hacer circulitos sobre mi propio eje mientras tarareaba alguna canción inventada.

Miraba fijamente uno de los cuadros amorfos de la pared cuando apareció una enfermera bien arreglada vociferando mi nombre. «¿Por qué gritará tanto si no hay nadie más que yo?», pensé.  Tragué saliva y entré en la sala. Me recibió el dentista con rostro malhumorado y cajas destempladas.

– Perdió el Atléti, mecagüen la leche.

Empecé a sudar. «¡Qué mal día elegí para venir al dentista!», pensé.

Me agarró del brazo y me hizo sentar bruscamente en la silla desvencijada.

– ¿Qué le pasa a usted?, me preguntó.

– Verá, es que se me partió un diente. Aquí le traigo el fragmento, ¿lo ve? Quería que me lo arreglara.

– ¿A ver? Joé… pero si esto tiene rastros de Loctite. Seguro que intentó pegárselo con Loctite. ¡Qué animal es usted!

– ¿Loctite? No hombre, ¿cómo se me va a ocurrir pegármelo con Loctite?

– Pues no sería el primero. Más de uno lo ha hecho. Tienen una primera comunión al día siguiente, y en el apuro, echan mano del Loctite. Que sí, hombre…

Aparcamos el tema del Loctite y empezó a examinar mi dentadura.

– Jo, ¿Pero qué es esto? ¿Qué haremos?

Yo no sabía de qué estaba hablando. Lo miraba sin saber qué decir, con la boca abierta de par en par. Se pasaba la mano por la frente y bufaba. Tenía los ojos enrojecidos.

Mascullando palabras ininteligibles, dio media vuelta y se acercó a la mesa donde estaban sus instrumentos. Empezó a sobarlos nerviosamente, tratando de buscar uno en concreto que parecía escabullírsele de las manos. Varios se le cayeron al suelo. «Mierda», dijo. Finalmente encontró lo que buscaba, un utensilio que parecía un escoplo. Luego cogió un pequeño mazo.

Sin mediar palabra, sin anestesias ni analgésicos, introdujo el escoplo en mi boca y le asestó un golpe tremebundo que hizo saltar tres molares. Quedé yerto del dolor.

– ¡Mecagüen la leche! ¡Qué chandrío*! Uffff… y ahora, ¿qué haremos?

Aquello parecía una tragedia. Yo no sabía qué estaba pasando y empezaba a dudar de que el dentista tuviera el control de la situación. Tiró el mazo y el escoplo al suelo y puso los brazos en jarra, mientras seguía bufando y farfullando sustantivos irreproducibles.

– Mira que usar Loctite para pegarse el diente… ¡Mire que usted es animal! ¡Bruto, más que bruto! Pero ahora, ¿qué haremos? Ufff.

Empezaba a desesperarme. Despues de ver volar mis tres molares y con un diente partido, el panorama no era muy prometedor. En medio de todo el drama, con esa puesta en escena, el dentista abandonó la sala, como un torero en pleno desplante. Yo me quedé allí, solo y desdentado. Los minutos fueron pasando y no aparecía. Finalmente reapareció, ya con los nervios más templados. Se me acercó y me dijo:

– Tenemos un problema. No sé qué vamos a hacer contigo. Vaya desastre que tienes el la boca. Ufff… Voy a tener que usar el Loctite.

*»Chandrío»: riojanismo, navarrismo o aragonesismo que significa desaguisado, estropicio, daño y también revuelto de cosas.

Esperando/to

FOTO DE MALIAS
FOTO DE MALIAS

Cuando llegó al dentista, la sala de espera de la consulta estaba desierta. Una enfermera rubia de amplia sonrisa le pidió amablemente que se sentara.

– Enseguida le atenderá el doctor.

Se sentó, cruzó las piernas y empezó a tararear una canción indistinguible. Se puso a observar las paredes a su alrededor, hasta reparar en un enorme bodegón de frutas simétricas entre las que destacaba una pera gigantesca.

– Ah, es pera, espera, espera… qué subliminal. Jaja.

Pasaban los minutos y la enfermera no aparecía, así que se acercó disimuladamente hasta la mesilla donde descansaba una pila de revistas. Eran publicaciones de parapsicología y revistas del corazón obsoletas. Cogió una de ellas y empezó a leerla, pero se hartó enseguida al percatarse de que todas tenían más de tres años. Volvió a escarbar en la pila de revistas y en el fondo encontró un libro de tapas desvencijadas, a punto de caerse. «Aprenda esperanto mientras espera». Le llamó la atención y empezó a leerlo con curiosidad, hasta quedar embebido, absorto en la gramática del esperanto. Las horas iban pasando y ni rastro de la enfermera, ni del dentista ni de la señora de la limpieza. Pero no le importaba, él seguía aprendiendo esperanto. Empezó a mantener conversaciones en esperanto con un paragüero, y luego con el bodegón. La pera dicharachera era la que más esperanto sabía. Se armó un debate en la sala de espera en el que participaban hasta las jambas de las puertas. Una conversación animada que fue encendiéndose hasta el clímax.

Se escuchó el chirrido de una puerta y reapareció la enfermera.

– Ya puede usted pasar.

El hombre no entendía qué le estaba diciendo la enfermera y le contestó en esperanto. La enfermera tampoco entendió. Después de unos minutos de incomunicación, el hombre, harto, se despidió gesticulando con la mano y se fue de la consulta jurando en esperanto no volver a esperar.