Un consuelo para los que no sabemos aparcar
Recuerdo cómo me temblaban las piernas y me goteaba el sudor el día en que me examiné del carnet de conducir. Me llevaron a un callejón estrecho y sombrío en los aledaños (hay que usar mucho esta palabra, como recomendaba Peter) de mi colegio y me hicieron aparcar en paralelo. Agarrado al volante como si fuera el último resto de un naufragio, apreté los dientes y conseguí insertarlo milimétricamente entre los dos coches sin abollar ninguno de ellos. Resollé y giré la vista hacia Guillermo, mi profesor de la autoescuela. Estaba royendo un lapicero, con el rictus tenso y la yugular palpitante. Nunca volví a aparcar en un lugar tan estrecho.
(Vía The Tech Blog)
PD: A veces imagino lo que hubiera podido haber pasado aquel día si no hubiera aparcado bien.
Este blog es obra de Allendegui, un periodista navarro que emigró hace más de una década para hacer las Américas, y todavía no las ha terminado. Sus anacrónicas hablan por sí mismas, después de intensas sesiones de logopedia. También han ganado premios, como el 



