La caja sin fondo
Entré en la juguetería en busca de un regalo, pero como no sabía qué comprar empecé a vagar por el local sin rumbo fijo. Fui mirando todas las estanterías hasta que encontré algo extraordinario. No daba crédito a mis ojos (entre otras razones porque luego nunca me devuelven los préstamos).
Era una caja de un metro de ancho por 80 centímetros de alto que contenía todo lo que yo podía ver. Mi problema de indecisión estaba resuelto. En esa caja estaba toda la tienda, todos los juguetes… y todo por 50 dólares. Me costaba creer que en esas reducidas dimensiones pudiera caber todo, pero así lo decía en la caja. Me la llevé muy contento. Aunque pesaba mucho, logré sacarla de la tienda con ayuda de un carrito. Pero en cuanto salí a la calle y empecé a ver los coches, la caja se fue haciendo más y más pesada, al punto que ya no la podía mover. Desesperado, llamé a una grúa, pero nada más verla llegar mi problema se hizo más gordo. La caja cada vez pesaba más. El suelo empezó a resquebrajarse.
Se me ocurrió una idea: cerrar los ojos. A tientas, traté de levantar la caja y cuando logré asirla, la levanté sin problemas. No pesaba nada. La metí en el coche con los ojos cerrados y arranqué a ciegas, pero en cuanto abrí un ojo, el coche se paró en seco, lastrado por el peso de lo que yo veía: decenas de coches, un trailer, tres rascacielos, dos restaurantes, un semáforo, un vendedor de helados… !Qué desesperante! Volví a cerrar los ojos, di marcha atrás, saqué la caja del coche y la devolví en la juguetería. Luego, huí despavorido.

Este blog es obra de Allendegui, un periodista navarro que emigró hace más de una década para hacer las Américas, y todavía no las ha terminado. Sus anacrónicas hablan por sí mismas, después de intensas sesiones de logopedia. También han ganado premios, como el 



