La lista

No era la lista de Schindler. Su contenido no salvaba vidas de judíos, pero sí resumía todo lo que un aficionado al ciclismo debe saber. Aquella lista de puertos la confeccionamos entre A. y yo. En ella estaban todos los colosos de las carreteras de España, Francia, Italia e incluso algunos de Austria y Alemania. Fueron horas de recopilación minuciosa, exprimiendo páginas y páginas del Ciclismo a fondo, que terminaron destiladas en una interminable tabla en Word. Año tras año la actualizábamos con los nuevos puertos que se subían en las distintas ediciones de las grandes rondas por etapas. La épica del ciclismo en una lista con nombres cuasi-mitológicos como Mortirolo, Gavia, Glandon, GlossGlockner, Joux-Plane, Mont Ventoux, las tres cimas de Lavaredo, Monviso, Stelvio, Cobertoria, Bedules, Cerler, Lagos de Enol, Luz Ardiden, La Plagne, Sestriere, Croix de Fer, Galibier… y cientos y cientos de puertos. Reunimos todos los números sobre altitud, desnivel medio, porcentajes, y creamos un coeficiente propio, con una fórmula matemática revolucionaria. A. hacía anotaciones cuan amanuense en sus libros de texto, al estilo de las glosas silenses, cada vez que se topaba con un nuevo puerto e inmediatamente lo incorporábamos.
La lista era un tesoro que sólo compartimos con uno de los grandes eruditos del ciclismo: el gran Maestre Bezu. Recuerdo cómo recorrió con emoción la lista, haciendo gestos de dureza cuando leía los datos del Mortirolo, o desacreditando otras subidas más modestas, como el Terminillo, del que dijo textualmente que era “una braga”. Del Paso di Gavia, que era el número uno según nuestro coeficiente, Bezu decía que la primera parte era muy tendida, y que se ponía muy duro hacia el final. Qué manjar para el aficionado al ciclismo.
Aquello era ciencia ciclística. Por eso, cuando aquel año oía a la gente cantar en las calles de Pamplona “Induráin, Induráin, Induráin… Induráin, Induráin, Induraaain… Induráin, Induráin, Induráin… Induráin, IN-DU-RA-IN”, pensaba para mis adentros.
-Raza de ignorantes, desgraciados, inútiles, gañanes, vagos… cantan mucho, pero no tienen ni puñetera idea de puertos.
Hoy quise encontrar la lista en algún recóndito lugar del disco duro de mi ordenador. Encontré el archivo y con singular alegría hice doble click. Apareció un mensaje. “Introduzca la contraseña”. Me quedé mudo, trémulo, incapaz de recordar cuál de los 300 puertos elegimos como contraseña.
Este blog es obra de Allendegui, un periodista navarro que emigró hace más de una década para hacer las Américas, y todavía no las ha terminado. Sus anacrónicas hablan por sí mismas, después de intensas sesiones de logopedia. También han ganado premios, como el 



