El café

Avanza la tarde y uno se amodorra irremediablemente (qué contundentes esas “erres”). Las teclas se hacen cada vez más resistentes a los dedos y el sopor no tiene misericordia. Es la hora del café. Siento un dedo que me punza la espalda. Me giro y es Willy, que viene con todos sus bártulos para preparar el capuccino de la tarde. Maquinalmente camino hasta mi taquilla, saco la leche en polvo y se la entrego. Forma parte del ritual del café. Luego, Willy desaparece, se encierra con la cafetera, en un mano a mano que él conoce como nadie. A los pocos minutos, emerge triunfal, con dos tazas en la mano. Me entrega la mía y me pregunta si tiene suficiente azúcar. Siempre respondo lo mismo. “Sí, Willy, está perfecto”. El es exigente y dice que siempre se puede mejorar. Así que lo degusto, lo paladeo, y apuro hasta el último sorbo, sabiendo que el de mañana será mejor aún.
Este blog es obra de Allendegui, un periodista navarro que emigró hace más de una década para hacer las Américas, y todavía no las ha terminado. Sus anacrónicas hablan por sí mismas, después de intensas sesiones de logopedia. También han ganado premios, como el 



