Las alubias


Salíamos del colegio a toda velocidad para llegar al supermercado y empezar a repartir los carros lo antes posible. El objetivo era acabar el trabajo a tiempo para poder comer, digerir y volver otra vez a clase. Así que tratábamos de optimizar la rutina al máximo. Una mecanización que se hacía añicos cuando nos tocaba llevar la compra a las viejitas de la calle Olite. Sabíamos que la visita se alargaba sine die. Llamábamos al portero automático y contestaban con simpatía, como si aguardaran nuestra visita quincenal.
- Sí mi chico, ahora te abro.
Subíamos en el ascensor y planeábamos la estrategia para abreviar la visita al máximo.
- Ding, dong.
- Hola mi chico, pasad, pasad.
Siempre nos abría la puerta aquella viejita, mientras otras dos permanecían sentadas en sus sillas mientras observaban la operación de descarga.
La viejita nos llevaba primero a la cocina y nos pedía que sacáramos los congelados, para hacer su exhaustivo recuento.
- A ver, los congelados… una bolsa de guisantes, dos bolsas de menestra, un paquete de croquetas…
Luego seguía con las conservas…
- Un bote de alubias J’ae, un bote de lentejas, un bote de pimientos, tres latas de berberechos, cinco de mejillones…
Y los embutidos…
- Medio kilogramo de chorizo pamplonica, 1 kilogramos de queso fresco, 300 gramos de salchichón, medio kilogramos de mortadela de aceitunas…
Y así, con minucioso detalle, artículo tras artículo, tachándolo de la interminable cuenta…
- Un kilo de manzanas, medio kilo de peras, cinco tomates…
Después, nos llevaba hacia la terraza y allí había una caja de plástico con botellas vacías de Vichy Catalán. Nos pedía que sacáramos los vidrios vacíos y los reemplazáramos con las botellas llenas.
- A ver, 12 botellicas de agua…
Y una tras otra, las íbamos colocando dentro…
Para entonces, A., J. y yo, respirábamos aliviados… sabíamos que se acercaba el final y que era la hora de la propina, que siempre era más o menos generosa. Sus manos delgadas y huesudas nos alargaban una moneda de 100 pesetas a cada uno, y nos íbamos a paso ligero, con el consuelo de que no tendríamos que volver hasta dentro de 15 días.
(Si te gustó este relato, y quieres conocer más sobre los peligros de ser repartidor de supermercado, no te pierdas la abracadabrante historia de Dofur)

Comparte esta entrada:
  • Meneame
  • Bitacoras.com
  • LinkedIn
  • Facebook
  • Twitter
  • del.icio.us
  • Digg
  • Google Bookmarks
  • MySpace
  • Reddit
  • StumbleUpon
  • Technorati
  • RSS
  • Print

votar

  • Peter

    Omnívoras de morro fino…

  • Anonymous

    Ahora entiendo lo de un bote de alubias Jaé… Todo tiene siempre una razonable explicación.

  • J.

    Qué hambrunas a esas horas. Y pasando comida por delante. Daban ganas de mordisquear la mano de la viejita. Cuántas historias…Peter, insiste. Que se redima Allendegui en el banquete de Babette.

  • Allendegui

    Todo tiene su explicación. Aquellas viejecitas se parecían mucho a las de “El quinteto de la muerte”, así que en nuestras visitas siempre había un poso de terror. Había que salir rápido de esa casa.

blog comments powered by Disqus