El rosco

Tarde o temprano tenía que escribir sobre el rosco. No me podía escapar aunque quisiera.
Era una mañana de verano, recuerdo como si fuera ayer. Me habían pedido que llenara de agua un cubo de playa. No sé para qué. Quizás para amasar “barreta” en el escondite. El caso es que el chorro de agua era desesperadamente lento y la espera se me hizo insufrible.
Así que giré el grifo con avaricia, esperando un mayor caudal. Pero lo que conseguí fue que con la fuerza del agua, la tuerca del grifo se descoyuntara y el “rosco” saliera disparado contra el fondo de la fuente, hasta perderse por el desagüe. De repente, me vi sólo en la Calle del Medio, con un grifo imparable escupiendo agua a chorro, en un pueblo con continuos cortes de agua por la sequía. En un instante, se me pasaron por la cabeza los rostros de mucha gente del pueblo, iracunda porque un rapaz inconsciente los había privado del agua, tan esencial.
Miré hacia la izquierda, miré hacia la derecha, y salí corriendo por el centro, hasta esfumarme. Sé que luego se formó una batida en mi búsqueda, pero para entonces yo ya estaba debajo de la tierra.
Este blog es obra de Allendegui, un periodista navarro que emigró hace más de una década para hacer las Américas, y todavía no las ha terminado. Sus anacrónicas hablan por sí mismas, después de intensas sesiones de logopedia. También han ganado premios, como el 



